En los países desarrollados, la universidad ha sido históricamente un agente de progreso, tanto por su labor formativa como por su papel dinamizador y movilizador de la sociedad en su conjunto. Por tanto, no existen motivos para pensar que este modelo no es válido para los países empobrecidos. Es a este nivel en el que el apoyo de instituciones universitarias de los países desarrollados debe resultar clave para contribuir al avance de estas sociedades.
Este modelo parte de la experiencia de ETEA, que puso en marcha su política institucional de cooperación universitaria al desarrollo en 1988 (después de numerosos antecedentes de colaboración con universidades latinoamericanas que se remontan a los primeros años setenta). Uno de los reflejos más evidentes de esta política son los convenios de colaboración que han venido firmando con diversas universidades.
![]() |
|
|
|




En este modelo, el objetivo general de la cooperación universitaria al desarrollo debe ser el aprovechamiento del efecto multiplicador de la formación de formadores y la mejora de las capacidades y recursos de las universidades contrapartes. Este objetivo general se debe explicitar en una serie de objetivos específicos:
De acuerdo a estos principios y objetivos generales, la cooperación universitaria al desarrollo, para una ejecución eficaz y duradera en el tiempo, debe plantearse en etapas sucesivas, de forma que en cada una se aprovechen los logros obtenidos en las fases anteriores.